Anax parthenope

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Horas del atardecer. El sol ilumina la acequia con sus rayos inclinados a cuanto la sobrevuela dejando ver nubes de mosquitos, algunos caballitos del diablo y  libélulas que de vez en cuando deciden reposar en la vegetación de sus orillas, como esta gran libélula Anax parthenope, de unos 7 cm de largo y unos 10 cm  de envergadura alar.

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Imposible resistirse al atractivo de su figura en vuelo iluminada por los últimos rayos del sol: sus grandes ojos en los que domina el verde esmeralda, un tórax que se deja intuir parduzco,  los llamativos primeros segmentos del abdomen de un turquesa intenso (el primero de ellos amarillo) como el de las piedras semipreciosas, y el azul que decora el resto de los segmentos del  abdomen (en el caso de los machos, pues en las hembras suelen ser de color verde aceituna). Y, muy especialmente,  sus alas doradas cuando en ellas se reflejan los rayos de sol. Realmente las alas son hialinas, pero están ligeramente teñidas en un tono ahumado.

Excelentes y rápidas voladoras, parecen auténticos helicópteros de combate sobrevolando las aguas de la acequia para alimentarse de insectos, e incluso de otras libélulas de menor tamaño. Son muy territoriales, vuelan de una orilla a otra y trazan en ese ir y venir rutas casi repetitivas, con cambios de vuelo casi instantáneos cuando avistan una presa. Lo cual no impide que de vez en cuando se alejen de sus “hogares” y uno se las pueda encontrar en jardín de su casa.

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Pareja en tándem. El macho sujeta a la hembra mientras deposita sus huevos en la vegetación sumergida.

Anax parthenope. Familia Aeshsnidae. O. Odonatos

Imágenes obtenidas en el campo de golf de Olivanova (Oliva, Valencia), a cuyo personal agradezco el acceso al mismo.

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Echinocardium

En una de las dos fotografías que incorporé en la entrada “Del fondo a la orilla del mar” cité la presencia de dos erizos irregulares. Hoy, dedico este espacio a conocer un poco mejor a estos equinoideos, emparentados con los erizos regulares que son mucho más conocidos porque se pueden ver sobre las rocas, o quizá más fácilmente, en las pescaderías de los mercados, porque de ellos se come su “caviar” que se ha puesto hace tiempo de moda.

Pero vamos con Echinocardium, que son los erizos que hoy nos ocupan y que se les conoce también como erizos acorazonados, por la forma de su cuerpo. Son más discretos, y de momento están más a salvo de los ojos y de los placeres humanos, pues habitan en las zonas submareales de los mares templados de todo el mundo, enterrados en la arena aunque cerca de la superficie. Quizá por ello, su caparazón es blanco y delicado, y aunque todo él está cubierto de espinas, la mayoría son cortas, y tan finas, que parece estar revestido por una pelusa blanca.

Erizo aboral

En esta imagen del lado aboral –convexo- (foto de la izquierda) se pueden apreciar el caparazón cubierto de espinas; las  más largas sirven para producir corrientes de agua para que las partículas que llevan en suspensión lleguen hasta la boca, que se abre en el lado opuesto.

Cuando faltan las espinas (foto de la derecha) se puede ver que todo el caparazón está recubierto por pequeños salientes que parecen “granitos” (mamelones) y que es donde se articulaban aquéllas.

Las  zonas limitadas por pares de poros (una de ellas está señalada con una estrellita roja) se llaman ambulacros petaloideos -por recordar su forma a la de los pétalos de algunas flores-, y por cada par de esos poros sale al exterior  un pie ambulacral.  Los pies ambulacrales de Echinocardium no son locomotores, pero intervienen en la obtención del alimento, en la respiración y excreción. La flecha señala los orificios genitales.

Erizo oral

Esta fotografía corresponde al lado oral, donde se abre la boca, que en Echinocardiun está ligeramente desplazada hacia el lado anterior. Se puede ver que está protegida por un saliente a modo de “visera” y por una membrana “peristomial” con pequeñas y delicadas plaquitas (flecha roja). El ejemplar aún conserva sus largas espinas y algunos pies ambulacrales retraídos.

Posterior

El ano, que en los erizos regulares se abre en el centro de la parte aboral, en los irregulares se ha desplazado hacia el lado posterior; se puede apreciar que está rodeado de plaquitas “periproctales” (flecha roja)

Resultaría muy extenso este “post” si intentara explicar realmente que les ha sucedido a estos erizos para que se les llame irregulares y que les hacen ser diferentes de aquéllos con los que comparten el grupo de los Equinoideos. Y aunque para mí es una tentación hacerlo, soy consciente que ya me he alargado bastante,

Nombre científico: Echinocardium cordatum.

Familia: Lovénidos. Clase: Equinoideos. Filo: Equinodermos.

Del fondo del mar a la orilla

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A veces, muy pocas veces, ocurre algún “milagro” en este Mare Nostrum de costas urbanizadas casi hasta pie de playa, como que en pleno mes de agosto uno pueda llegar a ver algo interesante de lo que la mar guarda en sus entrañas y, sobre todo, que perdure el tiempo suficiente para constatarlo y que no sea literalmente arrasado por paseantes, mascotas y máquinas limpiadoras.

Para que tenga lugar todo ello deben confluir varios factores: 1. Una fuerte bajada de la presión atmosférica para que el mar avance. 2. La colaboración del viento de levante para que forme olas más numerosas y de mayor tamaño y así llegue el mar a apoderarse literalmente de la playa; 3. La existencia de corrientes que muevan el fondo marino, lo revuelvan y sean después las olas, cuando la mar se retira, las que se encargan de depositar en la orilla algunos restos de los seres que habitan en sus fondos. 4. Bandera roja.

Y madrugar. Y llevar los ojos de mirar, ver y analizar. Y en la mochila, la cámara fotográfica y la paciencia. Paciencia para cuando empiezan a aparecer los merodeadores de intereses ajenos, que se paran y preguntan cosas como esta: ¿y eso se puede comer?, –aunque se trate de una pequeña medusa, de un alga o de un gusano-, y por si acaso, con ese afán suyo de arrebatar lo que no tenían pensado coger, se llevan muestras de lo que uno estaba fotografiando.

Paciencia también con los que pasean a esas horas, solos o con sus perros, que no hacen nada por desviar ni un ápice su ruta y utilizan de alfombra crepitante lo que hasta entonces era para mí un tesoro de vida. Y en pocas horas, cuando la marea humana del mediodía haya conquistado la orilla, quedará todo convertido en un amasijo de trozos de finas porcelanas por mil veces pisadas.

En el paseo de esta mañana pude comprobar que no quedaba ni rastro de los restos dejados por la mar ayer. Las máquinas limpiadoras, cumpliendo con su misión, llegaron hasta la misma orilla  del mar.

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En esta imagen se pueden apreciar algunos moluscos bivalvos, dos erizos irregulares y restos de la fanerógama marina Posidonia oceánica.

Fotografias obtenidas en el día de ayer en la playa de l’Aigua Morta (Oliva)