Charadrius alexandrinus (Chorlitejo patinegro)

Kentish plover/ Pluvier à collier interrompu ou Gravelot à collier interrompu.

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Enero a orillas del mediterráneo. La temperatura primaveral invita al paseo, y aunque es mediodía, la playa se queda sola por un momento, hecho que agradecí tanto como el chorlitejo que decidió posarse cerca de donde me encontraba.
Es un macho adulto. Me mira con tranquilidad, se le ve sereno.

El chorlitejo tiene hambre y se dispone a saciar su apetito clavando su pico una y otra vez en la arena para sacar algún pequeño invertebrado (gusano, molusco, crustáceo). Para ello reta al oleaje, se aproxima cuando las olas se retiran y huye rápido cuando éstas avanzan sobre la playa. La danza que mantiene con el mar es muy hermosa y embriaga a quien la contempla.

A pesar de su confianza, de vez en cuando se detiene a observarme para asegurarse de que sólo soy una estatua o una sombra.

Y así pasó un tiempo hasta que volvió a mirarme con una mirada larga y desafiante.

Le bastó un pequeño vuelo rasante para alejarse un poco de mí y de la orilla. Le seguí muy despacio. Parecía esperarme con una expresión de ternura.
Después, decidió sentarse mirando hacia la nada durante unos minutos.


Su última mirada tenía de nuevo un gesto desafiante y de duda ¿seguiría siendo yo una estatua o una sombra? Llegado a este punto, entendí que nuestro juego había terminado. Le dejé sentado sobre el colchón de conchas y pudiera disfrutar plenamente de la tan necesaria soledad de la playa.

Nombre específico: Charadrius alexandrinus. Familia Charadriidae. Orden Charadriiformes. Clase: Aves.

 

Del fondo del mar a la orilla

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A veces, muy pocas veces, ocurre algún “milagro” en este Mare Nostrum de costas urbanizadas casi hasta pie de playa, como que en pleno mes de agosto uno pueda llegar a ver algo interesante de lo que la mar guarda en sus entrañas y, sobre todo, que perdure el tiempo suficiente para constatarlo y que no sea literalmente arrasado por paseantes, mascotas y máquinas limpiadoras.

Para que tenga lugar todo ello deben confluir varios factores: 1. Una fuerte bajada de la presión atmosférica para que el mar avance. 2. La colaboración del viento de levante para que forme olas más numerosas y de mayor tamaño y así llegue el mar a apoderarse literalmente de la playa; 3. La existencia de corrientes que muevan el fondo marino, lo revuelvan y sean después las olas, cuando la mar se retira, las que se encargan de depositar en la orilla algunos restos de los seres que habitan en sus fondos. 4. Bandera roja.

Y madrugar. Y llevar los ojos de mirar, ver y analizar. Y en la mochila, la cámara fotográfica y la paciencia. Paciencia para cuando empiezan a aparecer los merodeadores de intereses ajenos, que se paran y preguntan cosas como esta: ¿y eso se puede comer?, –aunque se trate de una pequeña medusa, de un alga o de un gusano-, y por si acaso, con ese afán suyo de arrebatar lo que no tenían pensado coger, se llevan muestras de lo que uno estaba fotografiando.

Paciencia también con los que pasean a esas horas, solos o con sus perros, que no hacen nada por desviar ni un ápice su ruta y utilizan de alfombra crepitante lo que hasta entonces era para mí un tesoro de vida. Y en pocas horas, cuando la marea humana del mediodía haya conquistado la orilla, quedará todo convertido en un amasijo de trozos de finas porcelanas por mil veces pisadas.

En el paseo de esta mañana pude comprobar que no quedaba ni rastro de los restos dejados por la mar ayer. Las máquinas limpiadoras, cumpliendo con su misión, llegaron hasta la misma orilla  del mar.

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En esta imagen se pueden apreciar algunos moluscos bivalvos, dos erizos irregulares y restos de la fanerógama marina Posidonia oceánica.

Fotografias obtenidas en el día de ayer en la playa de l’Aigua Morta (Oliva)